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SEXUALIDADES

Feminismo y sexualidad

Feminismo y sexualidad
Por Marie Langer *
Dedicaré unas pocas líneas al tema de la sexualidad femenina, para comentar
después unos aportes a la discusión sobre “el deseo natural de procrear” y
sobre “el instinto materno”. Esta discusión hubiera sido, unas décadas
atrás, inimaginable. La propongo debido a la presencia de Gisele Halimi,
luchadora exitosa en Francia por el derecho de la mujer de disponer de su
propio cuerpo. A ella la acusaron, como a todos los que luchan por este
derecho, de atentar contra el “instinto materno” y, por ende, contra la
moral y la naturaleza. De ahí mi planteo de discutir si existe realmente tal
instinto y aún suponiendo que fuera así, si el ser humano en su larga
evolución y lucha por el dominio de la naturaleza no demostró su capacidad
de moldear las exigencias instintivas, según las necesidades e
imposibilidades socio-económicas y culturales.
Antes quisiera ejemplificar, al hablar de la sexualidad femenina, cuán
socialmente determinadas somos.
Hasta hace relativamente poco fueron los hombres quienes, escribiendo sobre
nuestra sexualidad, dictaminaban qué y cómo debiéramos sentir, nosotras las
mujeres. Sus investigaciones demostraban, junto con nuestra inferioridad
intelectual y nuestro infantilismo afectivo, nuestra predisposición
magnífica para la maternidad. La descripción de nuestra sexualidad resultaba
más bien pobre. Solían, además, generalizar, sin tomar en cuenta la
pertenencia a la historia, clase y sociedad de las diferentes mujeres.
Recién en las últimas décadas son mujeres las que lograron dedicarse al
tema. Debemos a la antropóloga Margaret Mead, por ejemplo, el conocimiento
de la existencia de “sociedades frígidas” y otras donde se supone que la
gran mayoría de las mujeres gozan violentamente. Debemos a la escritora
Doris Lessing el conocimiento de la precariedad y de la dependencia
emocional de la capacidad orgástica de ciertas “mujeres liberadas” de clase
media y país desarrollado. El informe Hite nos ofrece la gama enorme de
variedades de formas de goce de la mujer norteamericana, blanca, de clase
media.
Podría seguir ejemplificando con las investigaciones de Masters and Jonson o
con la literatura feminista muy abundante sobre el tema. Pero me limitaré al
comentario de una paciente de clase obrera argentina quien, años atrás, tuve
que entrevistar en un servicio psicosomático de ginecología. Cuando pregunté
a esta mujer cuarentona y desgastada sobre su vida sexual, me contestó: “Mi
esposo es muy considerado. Como sabe lo cansada que estoy de noche, no hace
ya uso de mí sino que se arregla fuera de casa”.
Ella me demostró, en forma para mí dramática, cuán moldeable es el instinto
sexual. Veamos ahora, a través de los comentarios sobre dos libros, como
ocurre lo mismo con el “instinto maternal”.
Tres hombres –Gunnar Heinsohn, sociólogo; Rolf Knieper, abogado; y Otto
Steiger, economista– escriben sobre la “Teoría general de población de la
era moderna” (Allgemeine Bevölkerungs-Theorie der Neuzeit, Suhrkampverlag
1979). Los autores sostienen que el deseo de descendencia no es innato, sino
el resultado del interés de la clase dominante. Este, a su vez, depende de
las relaciones de producción y la ganancia correspondiente. La decadencia de
la Roma tardía fue resultado del hecho que los esclavos ya no estaban
interesados en tener descendencia, con el resultado de falta de brazos para
el trabajo y para la guerra. Esclavos y proletarios lograron no tener hijos,
ya que en Roma junto con la desintegración de las familias patricias, el
infanticidio, el aborto y anticonceptivos primitivos estaban a la orden del
día. La necesidad de superar la disminución constante de la población
trabajadora fue una de las causas que llevó junto con el hecho que desde el
final del siglo II d.C. muchos esclavos y proletarios se habían transformado
en pequeños campesinos, necesitados de herederos que trabajen su tierra, a
la adopción de la religión cristiana. Era ésta y su herencia judía la que
restablecía la familia patriarcal en decadencia y prohibía el infanticidio y
el acto sexual infértil. Sin embargo no se logró impedir que las parteras
mantuvieran y ampliaran su vieja sabiduría en métodos anticonceptivos y de
aborto.
Según los autores fue recién al principio de la época moderna cuando el auge
de un nuevo mercantilismo –la nueva economía representada por Jean Bodin–
lleva a una eliminación radical de estas medidas limitantes del crecimiento
de la población y de sus causantes. Según los autores la decisión de
aumentar la población por todos los métodos factibles sería la causa del
–hasta la eliminación masiva de seres humanos en los campos de concentración
nazi– más horrendo crimen y masacre de la humanidad: la persecución, tortura
y matanza de millones de mujeres, acusadas de brujería y trato con el
diablo, pero de hecho por ser conocedoras de vieja sabiduría ginecológica,
adquirida durante siglos y milenios. A través del terror –la letra con fuego
entra– se impone la nueva consigna: no hay que tener los hijos, de los
cuales uno puede responsabilizarse, sino los hijos que Dios manda. El placer
sexual de la mujer es secundario y hasta indecoroso, lo importante es su
función de madre. La familia adopta la moral cristiana, el “deseo natural de
descendencia” y la maternidad y paternidad sin límites. Esta evolución
provoca en nuestro siglo la explosión demográfica del tercer mundo junto con
una liberalización de normas en el mundo desarrollado. Resurge la lucha por
la libertad del aborto, se descubren anticonceptivos cada vez más seguros y
mejores y se planifica a la familia. Sin embargo, en los países
desarrollados esta planificación implica a menudo tener un sólo hijo o
prescindir del todo de descendencia.
Las ventajas de una vida libre de las preocupaciones que causa la crianza de
los hijos, parecen de más peso para muchas parejas, que el supuesto “deseo
natural del hijo”.
En resumen, los autores sostienen que, la causa y el recuerdo del horrendo
crimen cometido contra las brujas fue reprimido, hasta por los marxistas y
sustituido por la creencia de un instinto maternal.
La tesis de los autores me pareció muy estimulante y digna de tomar en
cuenta. No concuerdo con las deducciones que hacen para el futuro, o sea,
que la única manera de aumentar de nuevo la disposición de las mujeres a la
maternidad sería transformar a ésta en fuente de ingreso y, cuasi, en
profesión. Creo que en este punto la integración de una mujer al equipo de
autores hubiera sido de bastante utilidad.
Mencionaré ahora nuevamente “el amor en más” (L’amour en plus) de Elizabeth
Badinter, que demuestra que no siempre bastaba, tener hijos, para despertar
al instinto y amor maternal. Ella describe, como, desde el siglo XVII en
delante, hasta bien entrado el siglo pasado, la población urbana francesa
solía desembarazarse de sus recién nacidos mandándolos al campo, al cuidado
de amas de leche campesinas. El resultado fue una mortalidad infantil enorme
y una baja preocupante a la larga, para los gobernantes, del índice de
aumento de la población. Demuestra la autora, a través de su libro, como las
madres de entonces carecían totalmente de “instinto maternal”, pero también,
como éste fue creado, “el amor forzado” lo llama Badinter, con el tiempo por
el desarrollo de una filosofía y moral impuesta. Fue Rousseau, quien inventó
a través de la pareja ideal, Emile y Sofie, a la mujer suave, indefensa, de
inteligencia práctica y dedicada totalmente a la atención del esposo y a la
crianza de sus hijos. Sostiene que Freud y sus seguidores, especialmente
Helene Deutsch, Melanie Klein y Winnicott, serían los últimos herederos de
la ideología roussoniana. Predice una época nueva, en la cual ya no toda la
responsabilidad para la crianza y salud mental de los hijos, recaiga sobre
la madre, sino donde se estaría despertando el “instinto paterno”. Daré como
ejemplo el éxito de taquilla que obtuvo, unos años atrás la película Kramer
vs. Kramer como también una nueva modalidad en los divorcios. Hay madres que
deciden “hacer su vida” y padres que eligen quedarse con los hijos.
* La autora ha publicado bajo el título “Feminismo y sexualidad” en
Seminario: “Feminismo, Política y Movimientos Feministas”. 1-3 marzo 1982.
Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo. México.
______________________
Publicado en Página/12, 5 Dic., 2002 Bs. As.

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